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viernes, 31 de enero de 2014

Frases salvajes


El deseo de vivir puede ser la medida del infierno que se está dispuesto a soportar.

¿Por qué llamar síntoma a algo que dura casi toda la vida?

Ya no creo en la utilidad del sufrimiento. El sufrimiento es la simple prueba de que algo siempre ha andado mal.

A pesar de sus hechizos y sus sortilegios, la naturaleza y la vida me parecen simplemente horrorosas. No se trata de negar las innumerables bellezas de la vida sino destacar que estructuralmente hay algo cruel y atroz. Inexorablemente debemos envejecer y morir. No estamos exentos de dolores del cuerpo ni del alma. La vida puede tornarse una pesadilla insoportable que, indefinidamente, puede seguir empeorando. Demasiadas evidencias para un único error multiplicado millones de veces.

El suicidio asistido debería ser una opción básica para quien sencillamente ya no desea vivir. Quien quiera vivir, que viva. Quien quiera morir, ¿por qué no dejarlo en paz?

La vida es una pesadilla agobiante de la que nunca terminamos de despertar.

Es cierto: los sueños puede realizarse. Tanto como los peores miedos y pesadillas. Lo último suele ser más frecuente que lo primero. Lamentablemente.

Qué gran desatino cósmico: tanto universo para una minúscula y fugaz conciencia sintiente y sufriente!

sábado, 9 de febrero de 2013

Las muertes de Juan


Nunca pudo saberse bien. 
Ni interesa saber por qué no pudo saberse.
Ciertamente, Juan era un suicida en potencia.
El 29 de enero había escrito:
De pronto la vida se me fue transformando en un infierno. En un terrible infierno.
Este infierno en el que me debato. Infierno entre la soledad y el vacío. Desierto de extrañezas.
La vida puede sorprendernos con heridas nuevas. Heridas nuevas desgarrándose  sobre las antiguas. El alma duele y no podemos calmar ese insondable dolor.
El tema del suicidio sobrevuela mi cabeza y lentamente me va tomando la mente. Creo que es la mejor solución, o  la única, para finalizar con tanto dolor.
Estoy quebrado. Deberé tirarme de un piso alto. Para despedazarme del todo. Como a mis sueños. Como a mis recuerdos voraces asesinos.

miércoles, 29 de agosto de 2012

El viajero interior


La instructora lo invita a recostarse. Lo cubre con una manta. Tapa sus ojos con un pañuelo. La música celta invita a relajar el cuerpo. Y el alma.
El viajero comienza a sentir algo que semeja a una danza de vibraciones. Como si su cuerpo fuera una caja de resonancias.
En ese momento siente un cierto deleite que asoma sobre la experiencia siempre anónima contra ese fondo abovedado que emerge al cerrar los ojos.
En algún momento el viajero comienza a dormitar. Se percata de eso debido una intensa e involuntaria exhalación de aire.
Entonces piensa (le gusta pensar) que en esa bocanada despide parte de los pesares que lo atormentan.
La respiración profunda y angustiosa acompaña esa idea. Le gusta pensar que cada exhalación es la expiación de una vieja angustia contenida. Aunque quisiera, no alcanza a llorar.
Piensa ahora que dentro de él existe un ser que lo atormenta desde épocas remotas. Una especie de alter ego que entonces habría que exorcizar. Recuerda la película “El exorcista”, pero enseguida advierte que la concepción de estar poseído por un demonio no caza con las disciplinas espirituales. Pero igual se ilusiona pensando en la idea de que eso es posible. Matar a ese demonio interior para liberarse y comenzar a ser.
La música celta sigue penetrando la atmósfera. Mientras el viajero continúa esa extraña excursión que amalgama sensaciones, sentimientos y pensamientos.
Como si la metáfora de las capas concéntricas del ser fuera cierta, de pronto advierte que ha llegado a un estrato más profundo y primitivo.  Entonces siente y piensa que el fondo de su angustia es realmente el horror de la vida. Se siente como un niño frágil y huérfano habitado por la lucidez de quien ha decidido dejar de auto-engañarse. Siente de cerca la fría daga de la angustia del existir.
Una extraña certeza le hace comprender la dimensión de su infierno. Infierno que es la sombra que lo ha perseguido desde tiempos inmemoriales. Infierno que la música celta ya no puede deshacer.
Viajero de las tinieblas perdido en los extraños laberintos del alma.

domingo, 20 de mayo de 2012

El "involuntario" escriba borgiano. Elogio de Jorge Luis Borges


“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego. El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges.”
Jorge Luis Borges. Nueva refutación del tiempo

Para quienes carecemos del don de la escritura excelsa, escribir es apenas balbucear palabras. Garabatos de niño hechos con letras.
Y en ese balbuceo pretendidamente original, además de las voces de nuestro alma se nos cuelan inadvertidamente o no las palabras de otros.
Un día descubrí con claridad que me resultaba imposible escribir sin intentar copiar secretamente a Borges.
Ciertas expresiones, ciertas estructuras gramaticales, algunas palabras y, fundamentalmente, similares recurrencias sobre el tiempo y la existencia.
Las caminatas por las calles desoladas del incipiente invierno siempre resultan ocasión propicia para el ejercicio del pensamiento.  Así, en mi ronda nocturna de anoche, se me impuso pensar sobre el paso del tiempo. El tiempo inexorable del río de Heráclito. El tiempo cruel que es una daga en el centro del alma. El tiempo que se consume y es la medida de mi angustia.
Y no pude sino volver a recordar el pasaje borgiano que encabeza este escrito.
 “Nueva refutación del tiempo”, acaso el texto más complejo de Borges, es un ensayo paradójico (como dijera el propio Borges, su mismo título es una especie de ironía)
Allí, con exquisitos argumentos filosóficos, el autor nos invita a intuir que el tiempo, al igual que el mundo, es una ilusión. Pero, hacia el final, nos revela que tantas disquisiciones son apenas “desesperaciones aparentes y consuelos secretos”, porque el “mundo es espantosamente real” y el desagraciadamente es Borges.
En aquella caminata sin destino, pensé también en mi imposibilidad de creer sinceramente aquello de que el tiempo sea una especie de bendición porque nos asegura el cambio. Para muchas personas el cambio es la gracia de la vida. Ser cada día distintos siendo idénticos resulta a muchos un regocijo para el alma. Porque si hay cambio, el mundo se transforma en una mágica caja de sorpresas.
En tal sentido, el viaje se transforma en la metáfora del existir. Quisiéramos ser permanentes viajeros, tanto del mundo como de la vida. Qué cada instante sea único, distinto, irrepetible. Que la vida sea una permanente aventura.
Pero el problema (vaya novedad!) es que la existencia en viaje implica una especie de muerte para cada momento que, como las aguas del río de Heráclito, ya no volverá. Nuestro consuelo es que esos momentos, aunque mueran como realidad, se eternicen como memoria. Tendríamos así la fortuna de habitar el presente plenamente renovado mientras conservamos viva la historia de quienes fuimos. ¿Acaso podríamos aspirar a algo más perfecto?
Entonces recordé aquellas actitudes contrapuestas de Giordano Bruno y Pascal que la exquisita pluma de Borges describe en “La esfera de Pascal”: para Bruno, la infinitud del universo fue un motivo de regocijo cósmico; para Pascal, de profunda angustia y soledad existencial.
Es irreversible. El tiempo seguirá transcurriendo. Los presentes fugaces se irán transmutando en memoria u olvido. Y esas memorias se converirán en los vestigios fantasmales de lo que alguna fue esplendor. 
A mí, como a Pascal, esa idea no me da paz.
En un maravilloso poema, Borges nos revela que Buenos Aires ya está dentro de él, porque: “(…) la ciudad, ahora, es como un plano de mis humillaciones y fracasos; desde esa puerta he visto los ocasos y ante ese mármol he aguardado en vano.”
Mientras transito por noches que anticipan inviernos desolados, me sobreviene la fantasmagoría de los recuerdos, donde se yuxtaponen la dicha y el dolor. Pienso que ese Buenos Aires que lo habitaba a Borges quizás sea un símbolo de la persistencia de la memoria.
Memoria que, como estelas de las huellas del tiempo, son la prueba de hierro de su existencia. Memoria que puede albergar ángeles o demonios.
Mientras el tiempo pasa y deja su marca, podemos ser como Giordano Bruno o como Pascal. O una mezcla de ambos.
Y mientras el tiempo pasa, en esta noche fría, la caja de sorpresas de la vida me hace ilusionar sobre aquello de que el tiempo quizás no exista. Quizás el espíritu de Borges esté  entonces vivo en los laberintos de mi mente; tanto como aquel Buenos Aires que a él  lo habitaba.
Seguramente tal ilusión hubiera merecido su descrédito, pero para mí es la mejor manera de rendir mi justo homenaje a Jorge Luis Borges.